Corrosión no programada y degradación acelerada en activos industriales

Una corrosión no programada altera la integridad, los intervalos de inspección y el riesgo operativo, exigiendo detección temprana y análisis de degradación.
Corrosión no programada y degradación acelerada en activos industriales

En la mayoría de las instalaciones industriales, la integridad de los activos se gestiona a través de un programa formal de inspección y mantenimiento. Este programa, basado en metodologías como RBI, normas API o planes internos de integridad, establece qué equipos se inspeccionan, con qué frecuencia y bajo qué supuestos de daño, partiendo de la premisa de que los mecanismos de degradación son conocidos y que las tasas de corrosión se mantendrán dentro de rangos previsibles.

En el contexto de la gestión de integridad de activos, el término corrosión no programada no implica ausencia de control ni fallas en la planificación del mantenimiento. Conceptualmente, se refiere a un proceso de degradación imprevisto, no considerado dentro de los supuestos del análisis RBI, que se desarrolla fuera de los intervalos, las tasas o los mecanismos de daño anticipados por el programa de inspección.

En la práctica, significa que la corrosión puede manifestarse entre campañas de inspección, acelerarse de forma no prevista o activarse bajo condiciones operativas distintas a las contempladas cuando se definió la estrategia de integridad. Este tipo de degradación rompe la premisa de comportamiento predecible y reduce márgenes de seguridad antes de que los sistemas formales de inspección puedan detectarla.

Cambios en la operación, en la química del proceso, en los patrones térmicos o en los regímenes de flujo pueden alterar de manera significativa el comportamiento corrosivo de un sistema. Cuando esto ocurre, la corrosión no espera la próxima campaña de inspección, la siguiente parada o turnaround ni la revisión planificada. Avanza de forma silenciosa, reduciendo márgenes de seguridad en activos críticos como deadlegs, intercambiadores de calor, columnas, reactores y sistemas auxiliares, donde los transitorios térmicos y químicos pueden inducir aceleraciones localizadas de corrosión no programada.

Este artículo analiza por qué la corrosión no programada representa uno de los riesgos más subestimados en la integridad de activos industriales, dónde suele manifestarse primero y qué aprendizajes reales se han obtenido al detectar estos procesos de forma temprana, antes de que se conviertan en eventos, fallas o pérdidas operativas.

Cuando la corrosión rompe el supuesto base del programa de inspección

Todo programa de inspección parte de un conjunto de supuestos técnicos que permiten gestionar el riesgo de manera estructurada. Se asume que los mecanismos de daño están identificados, que las tasas de corrosión son relativamente estables y que los intervalos de inspección definidos serán suficientes para detectar degradación antes de que se comprometa la integridad del activo. Bajo este enfoque, la inspección periódica funciona como una herramienta de verificación dentro de un escenario previsible.

El problema surge cuando esos supuestos dejan de ser válidos. Cambios en la operación, variaciones en la química del proceso, nuevos regímenes térmicos o modificaciones en los patrones de flujo pueden alterar radicalmente el comportamiento corrosivo, generando aceleraciones que el programa no estaba diseñado para capturar. En estos casos, la corrosión no se desarrolla de forma lineal ni dentro de los márgenes históricos utilizados para calcular vida remanente.

La brecha de riesgo operativo se origina precisamente en ese desfase entre lo que el programa espera y lo que el activo realmente experimenta en operación. Mientras el plan sigue vigente en papel, la degradación avanza entre inspecciones, fuera de los intervalos definidos y sin señales evidentes para el operador. No se trata de un fallo del programa, sino de una limitación inherente a cualquier modelo basado en supuestos estáticos frente a procesos dinámicos y variables.

En este tipo de escenarios, los modelos basados en inspección basada en riesgos (RBI por sus siglas en inglés) pueden subestimar el riesgo operativo, incluso en aproximaciones más estructuradas como API 580/581, cuando la corrosión responde de forma acelerada. Aun en programas bien diseñados, la inspección periódica enfrenta el desafío de captar degradaciones que evolucionan entre intervalos, especialmente cuando las condiciones de operación dejan de comportarse de forma estable. En este contexto, surgieron enfoques operativos como el programa de inspección en marcha, concebidos para reducir esta incertidumbre y permitir actividades de inspección sin detener el activo.

Activos críticos donde la corrosión no programada se manifiesta primero

La corrosión no programada no se distribuye de manera uniforme en una instalación. Tiende a concentrarse en equipos industriales críticos donde convergen complejidad operativa, condiciones locales variables y limitaciones de inspección. La experiencia industrial demuestra que ciertos activos actúan como verdaderos puntos de inicio del daño acelerado.

A continuación se analizan los activos donde la corrosión no programada suele manifestarse primero. No se trata de una lista exhaustiva, sino de aquellos equipos que, por su configuración, condiciones operativas y limitaciones de inspección, tienden a concentrar los primeros signos de degradación acelerada. En estos sistemas, pequeños cambios en el proceso pueden generar impactos desproporcionados si no se detectan de forma temprana.

Deadlegs

Los deadlegs, o puntos muertos, son secciones de tubería o ramales de proceso donde el flujo es nulo o muy limitado durante la operación normal. Estas zonas pueden permanecer llenas de fluido estancado durante largos períodos, creando condiciones propicias para la acumulación de contaminantes, la estratificación química y el desarrollo de corrosión localizada. Por esta razón, representan uno de los ejemplos más claros de corrosión no programada.

Durante largos períodos, los deadlegs pueden permanecer aparentemente controlados, con tasas bajas y sin indicios visibles de degradación. Esta estabilidad inicial suele reforzar la percepción de bajo riesgo, relegándolos a una prioridad secundaria dentro del plan de inspección.

Sin embargo, pequeños cambios operativos pueden modificar por completo este equilibrio. Una variación en la composición del fluido, una nueva condición de estancamiento, un cambio en la temperatura o incluso ajustes menores en la operación pueden crear un entorno altamente agresivo. En ausencia de flujo efectivo, se favorecen fenómenos como estratificación, acumulación de contaminantes o diferenciación química local, acelerando la corrosión de forma abrupta.

Corrosión no programada en deadleg
Deadleg en servicio sometido a condensación y estancamiento, condiciones típicas donde la corrosión no programada suele iniciarse.

El resultado es una degradación que progresa entre inspecciones, sin correlación con las tasas históricas utilizadas para la planificación. Casos industriales documentados muestran cómo deadlegs en estaciones de bombeo y sistemas de proceso comenzaron a presentar daño significativo mucho antes del siguiente intervalo previsto, permitiendo su detección temprana únicamente cuando se contó con visibilidad continua del comportamiento real del activo.

Intercambiadores de calor

En los intercambiadores de calor, la corrosión no programada suele estar asociada a condiciones locales altamente dinámicas. Micro-fugas internas, cambios térmicos puntuales o fenómenos de condensación no previstos pueden generar zonas con ambientes corrosivos muy distintos al promedio del equipo. La degradación puede avanzar silenciosamente en tubos, placas o carcasas, sin manifestarse hasta que el daño ya ha superado umbrales críticos. En estos escenarios, la inspección de intercambiadores de calor mediante técnicas avanzadas permite caracterizar el daño y anticipar fallas.

A diferencia de otros activos, estos mecanismos pueden ser intermitentes y difíciles de capturar mediante inspecciones convencionales, especialmente cuando el equipo opera de forma continua y las paradas son espaciadas. La degradación puede avanzar silenciosamente en tubos, placas o carcasas, sin manifestarse hasta que el daño ya ha superado umbrales críticos.

Casos reales en refinerías y plantas químicas han demostrado que la detección temprana de estas anomalías permitió identificar el inicio de corrosión acelerada antes de que se produjeran fugas mayores, eventos de seguridad o pérdidas de contención. En estos escenarios, el daño no respetó el calendario de inspección mecánica, sino que respondió directamente a cambios operativos que alteraron el equilibrio térmico y químico del sistema.

Columnas y reactores

Las columnas y reactores son particularmente sensibles a la corrosión no programada debido a su dependencia directa del régimen de proceso. Cambios en el feedstock, ajustes en condiciones de operación o un aumento en la frecuencia de arranques y paradas pueden modificar de forma significativa los mecanismos de daño activos.

Zonas como fondos, boquillas, áreas de condensación o regiones con gradientes térmicos pronunciados suelen ser las primeras en evidenciar degradación acelerada. En muchos casos, la corrosión no se distribuye de manera uniforme, sino que se concentra en puntos específicos que no siempre son accesibles mediante inspecciones externas.

Experiencias industriales documentadas muestran incrementos inesperados en tasas de corrosión dentro de reactores y columnas, detectados antes del siguiente turnaround o parada mayor gracias a la identificación temprana de tendencias anómalas. Estos casos evidencian que, cuando el proceso cambia, la corrosión responde de inmediato, sin esperar los ciclos tradicionales de inspección ni los planes de mantenimiento previamente establecidos.

Otros equipos de alto riesgo donde la degradación temprana suele aparecer

Además de los activos tradicionalmente considerados críticos, existen otros sistemas donde la degradación temprana suele desarrollarse de forma silenciosa, fuera del foco principal de los programas de inspección. Su riesgo no radica en la severidad inmediata del daño, sino en la dificultad para detectar cambios incipientes antes de que se acumulen.

Los sistemas de enfriamiento son un ejemplo recurrente. Operan bajo condiciones de alta variabilidad térmica, presencia de humedad y, en muchos casos, fluidos con potencial corrosivo elevado. Pequeñas desviaciones en temperatura, caudal o calidad del agua pueden generar corrosión localizada, depósitos o fenómenos de subdepósito que evolucionan rápidamente entre inspecciones.

En los sistemas de desgasificación y venteo, la exposición a mezclas variables de gases, condensables y contaminantes crea entornos altamente inestables. Estos sistemas suelen experimentar ciclos intermitentes, cambios de composición y condensación no controlada, condiciones ideales para mecanismos de corrosión acelerada que no siempre se reflejan en los históricos de inspección.

Finalmente, las líneas de bajo throughput o de operación intermitente representan un riesgo subestimado. La reducción de velocidad de flujo favorece estancamientos, estratificación y acumulación de fases corrosivas. En estos casos, la degradación progresa fuera de los supuestos de diseño y sin señales evidentes hasta que el daño ya está avanzado.

De inspecciones periódicas a conocimiento continuo del activo

El modelo clásico de integridad basado en inspecciones periódicas ha sido durante décadas una herramienta fundamental para gestionar la corrosión. Sin embargo, su principal limitación radica en que ofrece fotografías discretas del estado del activo, separadas por intervalos que pueden ser demasiado largos frente a procesos de degradación dinámicos.

Las técnicas de monitoreo continuo y la inspección NDT automatizada aportan una dimensión distinta: capturan cómo evoluciona el activo entre intervalos, permitiendo una detección temprana de desviaciones que históricamente pasaban inadvertidas hasta la siguiente campaña de inspección. Lejos de reemplazar la inspección periódica, este enfoque la complementa y reduce la incertidumbre entre ciclos, donde la corrosión no programada suele consolidarse.

Cuando la corrosión se comporta de forma no lineal o responde rápidamente a cambios operativos, la información obtenida en la última inspección puede perder validez en poco tiempo. En estos escenarios, el riesgo no está en la falta de datos, sino en tomar decisiones actuales con información pasada, asumiendo que las condiciones se mantienen estables.

La detección temprana permite cerrar esa brecha. Al identificar tendencias, desviaciones o aceleraciones incipientes, se gana tiempo para evaluar causas, ajustar la operación y priorizar intervenciones antes de que se comprometan los márgenes de seguridad. No se trata de reemplazar el cálculo de vida remanente, sino de complementarla con visibilidad continua del comportamiento real del activo.

La diferencia clave está en pasar de datos históricos, útiles para análisis retrospectivo, a datos accionables capaces de alimentar estrategias de mantenimiento predictivo y de influir en decisiones operativas en tiempo casi real. Este cambio transforma la gestión de integridad, permitiendo anticiparse al daño en lugar de reaccionar cuando ya es evidente.

Prevención de la Corrosión no programada
Transformando los datos de inspección en decisiones operativas mediante la visualización en tiempo casi real del comportamiento corrosivo y de las variables de proceso.

En la práctica industrial, esta transición requiere cerrar la brecha entre lo que se inspecciona en campo y lo que realmente se gestiona en los sistemas de integridad. Soluciones basadas en captura digital de inspecciones, trazabilidad de hallazgos y cierre operativo, como las descritas en el caso de ‘Mobile Inspection Management’ de AsInt, ilustran cómo el dato de inspección puede integrarse al flujo de decisión sin extender los ciclos ni sacrificar continuidad operacional.

Casos reales: cuándo detectar temprano cambia el resultado

La experiencia industrial muestra que el mayor valor de la detección temprana no reside únicamente en identificar la corrosión, sino en cambiar el resultado final de la gestión de activos. En múltiples instalaciones, la identificación oportuna de degradación incipiente hizo posible evitar reemplazos prematuros que habrían sido justificados únicamente por la incertidumbre y no por daños confirmados.

En varios casos documentados, aumentos anómalos en las tasas de corrosión fueron detectados poco tiempo después de cambios operacionales o de proceso. Estudios de casos industriales en unidades de procesos de refinería han demostrado patrones similares, donde la sulfidación y otros mecanismos de corrosión a alta temperatura se aceleraron inesperadamente tras cambios operacionales. En estos escenarios, el daño evolucionó entre los intervalos de inspección programados y se hizo visible únicamente cuando se aplicó monitoreo continuo o inspección dirigida.

Video de referencia: “Understanding Sulfidation Corrosion Case Studies,”de Mech Technical.

Comprensión de la corrosión por sulfuración.
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Comprensión de la corrosión por sulfuración.

Sin esta visibilidad temprana, la respuesta habitual habría sido acelerar inspecciones invasivas, adelantar paradas (shutdowns) o incluso planificar el reemplazo del equipo afectado. En su lugar, la información obtenida permitió correlacionar el daño con condiciones específicas, ajustar la operación y estabilizar el comportamiento corrosivo sin comprometer la integridad.

La detección temprana también ha demostrado ser clave en la prevención de eventos. En activos como deadlegs, intercambiadores de calor o sistemas de proceso, identificar tendencias antes de alcanzar espesores críticos evitó fugas, pérdida de contención y exposición innecesaria a riesgos de seguridad y ambientales.

Las enseñanzas técnicas extraídas de estos casos son consistentes: la corrosión no planificada rara vez aparece sin señales previas. El desafío no es su existencia, sino la capacidad de reconocer esas señales a tiempo y traducirlas en decisiones operacionales informadas. Experiencias documentadas por organizaciones como mPACT2WO muestran que cuando el daño se detecta tempranamente, las opciones disponibles se expanden y el costo total del riesgo se reduce significativamente.

Implicaciones estratégicas para integridad, confiabilidad y operaciones

La detección temprana de corrosión no programada tiene implicaciones que van más allá del ámbito técnico. Cambia de forma directa la toma de decisiones, al desplazar el enfoque desde la reacción ante hallazgos tardíos hacia la anticipación basada en comportamiento real del activo Esto permite decidir con mayor certeza cuándo intervenir, cuándo monitorear y cuándo ajustar la operación y el mantenimiento, alineando intervenciones con el comportamiento real del activo.

Desde la perspectiva de integridad de activos, la corrosión no programada introduce una tensión estructural entre confiabilidad y riesgo operativo, particularmente en equipos industriales cuya degradación se manifiesta tarde o de forma silenciosa. Al reducir la incertidumbre sobre el estado real del activo, los márgenes de seguridad y la planificación de mantenimiento pueden ajustarse con mayor precisión.

Este enfoque también favorece una mejor alineación entre áreas como integridad, confiabilidad y operaciones. Integridad, confiabilidad, operaciones y mantenimiento comparten una visión común sustentada en datos objetivos, reduciendo interpretaciones aisladas y decisiones basadas en supuestos parciales. El activo deja de ser responsabilidad de una sola disciplina y pasa a gestionarse de forma integrada.

Desde una perspectiva de gestión moderna del riesgo operativo, el beneficio más relevante es la reducción de incertidumbre. Al contar con información temprana y contextual, el riesgo deja de tratarse como una probabilidad abstracta y se gestiona como una condición observable y dinámica. Este cambio fortalece la resiliencia operativa y mejora la capacidad de anticiparse a escenarios que, de otro modo, solo se evidenciarían cuando el margen de maniobra ya es limitado.

Conclusiones

La corrosión no programada no es una anomalía aislada ni el resultado de una mala práctica puntual. Es la consecuencia natural de operar activos industriales en entornos dinámicos, donde los procesos cambian más rápido de lo que cualquier programa de inspección puede anticipar. Deadlegs, intercambiadores de calor, columnas, reactores y sistemas auxiliares demuestran que la degradación no siempre sigue trayectorias lineales ni respeta los intervalos definidos en papel.

A lo largo de este análisis queda claro que el riesgo no reside en la existencia de un programa de inspección, sino en asumir que dicho programa es suficiente por sí solo frente a variaciones operativas, químicas y térmicas inevitables. Cuando los supuestos dejan de cumplirse, la corrosión avanza entre inspecciones, reduciendo márgenes de seguridad sin generar alertas evidentes hasta que el daño ya es significativo.

Los casos reales revisados confirman que detectar temprano cambia el resultado. No solo permite evitar fallas, fugas o eventos ambientales, sino también tomar decisiones más racionales, diferir reemplazos innecesarios y gestionar el riesgo con mayor precisión. La diferencia fundamental está en pasar de una gestión reactiva, basada en históricos, a una comprensión continua del comportamiento real del activo.

En un entorno industrial cada vez más exigente, la capacidad de reconocer y actuar sobre la corrosión no programada deja de ser una ventaja técnica y se convierte en un elemento clave de resiliencia operativa y sostenibilidad a largo plazo.

Referencias

  1. American Petroleum Institute. (2022). API Recommended Practice 580: Risk-Based Inspection (4th ed.). API Publishing.
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  3. American Petroleum Institute. (2021). API Standard 570: Piping Inspection Code—In-service Inspection, Rating, Repair and Alteration of Piping Systems (4th ed.). API Publishing.
  4. American Petroleum Institute. (2020). API Recommended Practice 581: Risk-Based Inspection Methodology (3rd ed.). API Publishing.
  5. Fontana, M. G. (1987). Corrosion Engineering (3rd ed.). McGraw-Hill.
  6. Kovarik, T. (2018). Deadlegs: Understanding and Managing Corrosion Risk. Inspectioneering Journal, 24(3), 1–7.
  7. Jones, D. A. (1996). Principles and Prevention of Corrosion (2nd ed.). Prentice Hall.

Preguntas frecuentes clave sobre corrosión no programada

¿La corrosión no programada puede ocurrir incluso en activos recientemente inspeccionados?

Sí. Una inspección reciente solo refleja el estado del activo en un momento específico. Si cambian las condiciones operativas, químicas o térmicas después de la inspección, la corrosión puede desarrollarse entre intervalos, fuera de los supuestos utilizados para definir la frecuencia de inspección.

¿Cómo se diferencia la corrosión no programada de una simple variabilidad normal del proceso?

La diferencia está en la tendencia. La variabilidad normal se mantiene dentro de rangos conocidos, mientras que la corrosión no programada muestra aceleraciones sostenidas o patrones que no coinciden con las tasas históricas ni con los mecanismos previstos en el programa de integridad.

¿Por qué los deadlegs siguen siendo un punto crítico aun cuando están identificados en el programa de inspección?

Porque su comportamiento puede cambiar abruptamente. Un deadleg puede permanecer estable durante años y, ante una mínima modificación operativa, entrar en un régimen de corrosión acelerada que progresa entre inspecciones sin señales visibles tempranas.

¿La detección temprana reemplaza las inspecciones tradicionales?

No. La detección temprana no sustituye las inspecciones, las complementa. Su valor radica en aportar visibilidad continua entre campañas de inspección, permitiendo identificar desviaciones incipientes y enfocar los recursos donde el riesgo realmente está evolucionando.

¿Cuál es el principal error al gestionar la corrosión no programada?

Asumir que no ocurrirá porque el programa de inspección está bien diseñado. El error no es técnico, sino conceptual: confiar en supuestos estáticos frente a procesos dinámicos. La experiencia demuestra que la corrosión se gestiona mejor cuando se reconocen sus señales tempranas y se actúa a tiempo.

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