Aguas subterráneas ultraprofundas: Una opción para enfrentar la crisis hídrica

Las aguas subterráneas ultraprofundas amplían las opciones de suministro de agua más allá de los acuíferos superficiales y poco profundos.
La superficie del agua reflejando la luz, simbolizando la ilusión de abundancia de agua y el papel oculto de las aguas subterráneas en una crisis creciente de escasez de agua.

El agua enfrenta hoy una paradoja crítica: mientras se convierte en un recurso cada vez más escaso, su gestión sigue estando marcada por la fragmentación, la inercia legal y la visión limitada del ciclo hidrológico. México, como muchas otras naciones, se encuentra ante un umbral histórico que exige repensar profundamente la manera en que concibe, explora y administra sus recursos hídricos. Fenómenos como la sequía, el sobreconsumo, la contaminación y el crecimiento urbano descontrolado llevan al límite la disponibilidad del agua, y revelan que los modelos tradicionales de abastecimiento y gestión resultan insuficientes frente a la magnitud del desafío.

El mito de la abundancia de agua

A nivel mundial, el 97 % del agua presente en el planeta es salada, mientras que solo el 3 % corresponde al agua dulce. De esta fracción minúscula, el 77 % se encuentra congelada en glaciares y casquetes polares, el 22 % está almacenada en acuíferos subterráneos y apenas el 1 % corresponde a agua superficial disponible en ríos, lagos y humedales. Estos datos, aunque bien conocidos, siguen siendo ignorados en la mayoría de los enfoques institucionales.

La aparente abundancia del agua ha llevado a políticas públicas ineficientes, explotación descontrolada y postergación crónica de reformas estructurales. En México, la sobreexplotación de acuíferos ha sido una constante desde hace décadas. Se calcula que más del 60 % del agua que se consume en el país proviene de fuentes subterráneas, muchas de las cuales se encuentran en niveles críticos de abatimiento.

El modelo hidrológico tradicional parte de la lógica de cuencas superficiales, donde la lluvia alimenta ríos, lagos y embalses, y de ahí se deriva el agua para los distintos usos. Sin embargo, este modelo ya no es suficiente para responder a la escala y profundidad del problema actual. Frente a ello, emergen nuevas visiones como el modelo de megacuencas y la exploración de aguas subterráneas ultra profundas, que incorporan tecnologías de prospección geológica avanzada, sensores satelitales y metodologías de perforación profunda para identificar reservas hídricas ubicadas a más de mil metros de profundidad, muchas de ellas en regiones áridas o de difícil acceso.

La opción del agua subterránea ultraprofunda

Una de las propuestas más innovadoras en esta línea es la exploración y eventual reforma para permitir el aprovechamiento de aguas subterráneas ultraprofundas en México. Estas aguas, conocidas por su estabilidad, bajo nivel de contaminación y volumen significativo, podrían representar una solución estratégica frente a la escasez estructural que enfrentan grandes zonas del país.

Actualmente, la Ley de Aguas Nacionales no contempla de manera explícita el acceso ni el régimen jurídico de este tipo de fuentes, lo que impide su aprovechamiento regulado. Una reforma en este sentido no solo permitiría abrir nuevas fuentes de abastecimiento, sino también modernizar el sistema normativo con base en la evidencia científica y tecnológica más reciente.

Tecnologías desarrolladas en países como Estados Unidos, Australia y Rusia ya han demostrado ser efectivas para detectar y explotar este tipo de reservas. Equipos como el GeoResonance, sistemas de resonancia de partículas, sensores de gradiente térmico, imágenes satelitales combinadas con software geoespacial, y técnicas de perforación dirigidas se han utilizado con éxito para identificar descargas submarinas de agua dulce, flujos confinados a gran profundidad y acuíferos remotos que antes se consideraban inaccesibles. La viabilidad técnica existe, pero falta voluntad política y un marco normativo adecuado para integrar estas herramientas a la política hídrica nacional.

Al comparar las tecnologías de aguas subterráneas con otras soluciones convencionales como las plantas desalinizadoras, los grandes acueductos o las presas, se observa que las primeras ofrecen ventajas considerables en términos de costo-beneficio y tiempos de implementación. Por ejemplo, una planta desalinizadora requiere inversiones multimillonarias, consume grandes cantidades de energía, produce salmuera que debe manejarse adecuadamente y, en muchos casos, presenta riesgos ambientales. En cambio, la exploración de aguas profundas puede realizarse de forma escalonada, con menor impacto ambiental y con resultados visibles a corto plazo, sobre todo si se complementa con nuevas tecnologías de almacenamiento, tratamiento y distribución.

La gestión del agua en México también enfrenta un reto institucional complejo. Diversas entidades federales, estatales y municipales intervienen de manera fragmentada en el ciclo del agua, con deficiente coordinación, competencia de atribuciones y falta de mecanismos efectivos de fiscalización.

El problema de fondo no es sólo técnico, sino de visión. Persisten narrativas centradas exclusivamente en la escasez, cuando en realidad el verdadero problema es la gestión ineficiente, la falta de inversión en infraestructura, el rezago normativo y el uso irracional del recurso. Las fugas en redes de distribución urbana alcanzan niveles gravísimos, llegando a superar en algunas ciudades el 40 % del agua bombeada, mientras que grandes industrias y zonas agrícolas continúan extrayendo agua a tasas insostenibles, muchas veces sin supervisión ni medición.

Paradójicamente, mientras regiones enteras enfrentan crisis hídricas severas, aún existen incentivos que promueven el desperdicio. Sin una reforma estructural del régimen jurídico, una redistribución del poder de decisión y una gobernanza hídrica transparente, participativa y basada en datos, el sistema continuará en declive.

La crisis hídrica actual debe ser entendida como una oportunidad para modernizar nuestro marco legal e impulsar una transición hídrica justa, donde el acceso equitativo, el uso racional y la protección de las fuentes sean principios rectores. Frente a la inminencia de los riesgos globales, donde la escasez de agua ya figura como una de las amenazas más graves y probables del siglo XXI según el Foro Económico Mundial, el tiempo para actuar se reduce.

La seguridad hídrica debe abordarse no sólo como un problema ambiental, sino también como un tema de equidad social y de planeación estratégica. Explorar, proteger y aprovechar responsablemente las aguas subterráneas, reformar las leyes que las regulan y reconfigurar el modelo institucional de gestión son pasos necesarios para hacerle frente a la crisis hídrica nacional.


Este artículo ha sido elaborado por la especialista Yolanda Villegas y publicado como parte de la séptima edición de Inspenet Brief Febrero de 2026, dedicada a contenidos técnicos del sector energético e industrial.